Las raíces del Liberalismo, Parte II; La sociedad contra el gobierno

 Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros en las playas de Málaga, 1887-1888 por Antonio Gisbert Pérez

David Boaz

Año XLVIII Diciembre de 2007 N° 959

Artículo publicado originalmente el blog del Centro de Estudios Económicos-Sociales
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La gran contribución de Paine a la causa revolucionaria fue su folleto Sentido Común, del cual se dice que fueron vendidos más de 100,000 ejemplares en pocos meses, en un país de tres millones de habitantes. Todo el mundo lo leyó. Los que no sabían leer acudían a las tabernas, en donde escuchaban su lectura y participaban en el debate de las ideas allí expresadas. Sentido Común era más que un clamor por la independencia. Ofrecía una teoría libertaria radical como fundamento de los derechos naturales y la independencia. Paine comenzó por establecer una distinción entre la sociedad y el gobierno: La sociedad es producto de nuestras necesidades, el gobierno es producto de nuestras debilidades… La sociedad en cualquier condición es una bendición pero el gobierno, incluso en su mejor condición, no pasa de ser un mal necesario, y en su peor condición llega a ser un mal insoportable… Si pudiéramos quitar el oscuro cobertor de la antigüedad, encontraríamos que el primer rey no fue mejor que el rufián jefe de una horda agitada, cuyos modales salvajes o cuya prepotencia fueron premiados con el título de jefe de los bandidos.

   En Sentido Común y otros escritos, Paine explica que la existencia de la sociedad civil es anterior a la existencia del gobierno y que los individuos pueden interactuar pacíficamente para crear un orden espontáneo. Su concepción del orden espontáneo se fortaleció cuando constató que los gobiernos coloniales fueron expulsados de las ciudades americanas y las colonias y, sin embargo, la sociedad no se dislocó. En sus escritos, casi llega a fusionar la teoría normativa de los derechos individuales con el análisis positivo del orden espontáneo.

   La Riqueza de las Naciones y Sentido Común no fueron las únicas fuentes de inspiración en la lucha por la libertad del año 1776. Quizás ninguna de las dos obras citadas haya sido la influencia más importante en ese año emblemático. Porque en 1776, las colonias inglesas en Norteamérica proclamaron su independencia, y esa Declaración de Independencia quizás sea el escrito liberal más sublime de la historia. La prosa elocuente de Thomas Jefferson proclamó al mundo la visión liberal en estos términos: Creemos que estas verdades son autoevidentes, que todos los hombres son creados iguales, que su Creador les ha conferido ciertos derechos inalienables, que entre éstos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad. Que para garantizar esos derechos, se instituyen gobiernos entre los hombres, y que los gobiernos derivan sus justos poderes del consentimiento de los gobernados. Que cuando un gobierno se convierta en obstáculo para esos fines, el pueblo tiene el derecho de alterarlo o abolirlo. Es obvia la influencia de los Levellers y de John Locke. En forma sucinta, Jefferson destaca tres puntos: 1. Que los hombres poseen derechos naturales. 2. Que la protección de esos derechos es la razón de ser del gobierno. 3. Qué si el gobierno se extralimita de su razón de ser, es derecho del pueblo alterarlo o abolirlo. Por su elocuente expresión del ideal liberal, por su contribución a la revolución que cambió el mundo, el columnista George F. Hill nombró a Jefferson “el hombre del milenio”. Nada objetable encuentro en esa designación, pero debe quedar claro que Jefferson, cuando escribió la Declaración de Independencia, no fue tremendamente innovador. John Adams [12], algo dolido por las atenciones que recibía Jefferson, escribió años más tarde que “no hay una idea en la Declaración que no haya sido llevada y traída en el Congreso durante los dos años anteriores”. El propio Jefferson manifestó que “si bien no fueron consultados libros ni folletos, el propósito no era descubrir principios o argumentos nuevos, sino materializar la expresión de la mente americana”. Dijo que las ideas plasmadas en la Declaración eran “los sentimientos del día, expresados en conversaciones, correspondencia, ensayos impresos o libros elementales”. El triunfo de las ideas liberales en los Estados Unidos fue extraordinario.

Gobierno limitado

Después de la victoria militar, los americanos –ahora independientes– se empeñaron en llevar a la práctica las ideas desarrolladas a lo largo del siglo XVIII por los liberales ingleses. El distinguido historiador de la Universidad de Harvard, Bernard Bailyn, escribió en 1973, en “Los temas centrales de la Revolución Americana”: Aquí se hicieron realidad los temas principales del radicalismo liberal del siglo XVIII. Entre estos temas destaca que el poder es malo, necesario tal vez, pero un mal necesario, infinitamente corruptor, y que debe ser controlado, limitado, restringido por todos los métodos compatibles con un mínimo de orden civil. La Constitución escrita, la separación de poderes, la Carta de Derechos [13], los límites de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial, las restricciones al derecho de represión interna y guerra externa –todas estas salvaguardias– expresan la profunda desconfianza en el poder que anidaba en el corazón ideológico de la Revolución Americana, y que desde entonces ha permanecido en nuestros corazones, como legado perpetuo. La Constitución de los Estados Unidos profundizó las ideas de la Declaración de Independencia, con el fin de establecer un gobierno apropiado para un pueblo libre. La Constitución se fundamenta en estos principios: 1. los individuos poseen derechos naturales que anteceden el establecimiento del gobierno. 2. el gobierno recibe todo su poder por delegación de los individuos, para proteger los derechos de éstos. Sobre esta base, los forjadores de la Constitución no establecieron una monarquía. Tampoco establecieron una democracia ilimitada, es decir, un gobierno con plenos poderes limitados únicamente por el voto popular. Los constitucionalistas enumeraron cuidadosamente [14] los poderes que tendría el gobierno federal. James Madison, vecino y amigo de Jefferson, fue el principal teórico y el principal arquitecto de la Constitución, obra revolucionaria por excelencia, que establece un gobierno de poderes delegados, enumerados y limitados. diseñadas por un grupo de hombres inteligentes, serían mejores que el resultado de las interacciones, en apariencia caóticas, de millones de individuos. Esos intelectuales arrogantes no disciernen cuántas cosas ignoran, ni conciben cómo el mercado utiliza el conocimiento disperso integrado por la suma de los conocimientos que cada individuo posee.

Los últimos liberales clásicos

En el lúgubre año 1943, entre la desesperación de la Segunda guerra mundial y el Holocausto, cuando el gobierno más poderoso de la historia de los Estados Unidos se había aliado con un poder totalitario [19] para derrotar a otro poder totalitario [20], tres mujeres admirables publicaron libros que contribuyeron decisivamente en la gestación del movimiento liberal moderno. Rose Wilder Lane [21] publicó un apasionado ensayo histórico intitulado El descubrimiento de la libertad. Isabel Paterson, novelista y crítica literaria, produjo El dios de la máquina, que define el individualismo como la semilla del progreso en el mundo. Y Ayn Rand publicó El Manantial.

   Ayn Rand El Manantial es una novela enmarcada en el desarrollo urbano, la arquitectura y la integridad moral. Su mensaje individualista no encajó muy bien con la cultura de la época, y las reseñas de la prensa fueron devastadoras. Pero la novela encontró su camino a los lectores que interesaban a Ayn Rand. El libro se vendió modestamente al principio, y luego las ventas se dispararon. Dos años después de su primera publicación, El Manantial aún figuraba en la Confrontados con la propuesta inicial de una Carta de Derechos, numerosos constitucionalistas manifestaron que la enumeración escrupulosa de los poderes del gobierno vedaría a éste toda posibilidad de infringir los derechos de los individuos. Por lo tanto, resultaba innecesaria la enumeración de estos derechos. Los constitucionalistas terminaron por agregar una Carta de Derechos a la Constitución, “para mayor cautela” según palabras de Madison. Después de enumerar derechos específicos de los individuos en las primeras ocho enmiendas a la Constitución, el primer Congreso de los Estados Unidos agregó dos enmiendas más, que sintetizan toda la estructura del gobierno federal tal como éste fue concebido. La novena enmienda establece que “La enumeración de ciertos derechos en la Constitución no debe interpretarse como negación o menoscabo de otros derechos retenidos por el pueblo”. La décima enmienda prescribe que “Los poderes no delegados a los Estados Unidos por la Constitución, ni vedados por ésta a los Estados, quedan reservados respectivamente a los Estados o al pueblo”. Nuevamente tenemos aquí los preceptos fundamentales del liberalismo: Primero los hombres tienen derechos. Después los hombres instituyen un gobierno. El pueblo conserva todos los derechos que no delega expresamente en el gobierno. El gobierno nacional no tiene más poderes que los que le son otorgados específicamente por la Constitución. Tanto en los Estados Unidos como en Europa, el siglo que siguió a la Revolución Americana estuvo marcado por la expansión del liberalismo. Aquí y allá, las Constituciones escritas y las cartas de derechos empezaron a proteger la libertad y a garantizar el imperio de la ley. Los gremios y los monopolios perdieron poder, y empezó la apertura de todos los oficios a la competencia basada en la pericia. La libertad de prensa y la libertad de culto se propagaron, los derechos de propiedad se fortalecieron y fue liberado el comercio internacional.

Derechos civiles

Algunos grupos –entre ellos los esclavos, los siervos, las mujeres– habían quedado fuera de la libertad y del poder. Como era de esperarse, el individualismo, los derechos naturales y los mercados libres pronto condujeron a reclamos de expansión de los derechos civiles y políticos. En Filadelfia, una sociedad contra la esclavitud –la primera del mundo– fue fundada en 1775. En el curso de un siglo, tanto la esclavitud como la servidumbre fueron abolidas en todo el mundo occidental. En el Parlamento Británico se debatió si los antiguos dueños de esclavos liberados debían ser compensados por la pérdida de su “propiedad”. El liberal Benjamín Pearson replicó que la compensación correspondía a los antiguos esclavos, no a los antiguos dueños de esclavos. El periódico Pennsylvania Journal, dirigido por Tom Paine, publicó en 1775 una defensa estridente y pionera de los derechos de la mujer. Mary Wollstonecraft, que contaba entre sus amistades a Paine y otros liberales, publicó en Inglaterra, en 1792, su Reivindicación de los derechos de la mujer. La primera convención feminista de los Estados Unidos se celebró en 1848. Allí, las mujeres reclamaron los derechos naturales que los varones blancos habían obtenido en 1776 y que ahora reclamaban los varones negros. En palabras del historiador inglés Henry Sumner Maine, el mundo se transformaba de una sociedad de status a una sociedad de contratos. Los liberales también tuvieron que confrontar el espectro omnipresente de la guerra. En Inglaterra, Richard Cobden y John Bright argumentaban incansablemente que la libertad de comerciar a través de las fronteras establecería vínculos pacíficos entre los pueblos de diferentes naciones, y las guerras se harían menos probables. Los límites recién establecidos al poder del gobierno, y el escepticismo del pueblo hacia los gobernantes, obstaculizaron las pretensiones guerreras de los dirigentes políticos. Después de la conmoción de la Revolución Francesa y la derrota final de Napoleón en 1815, exceptuando la Guerra de Crimea y las guerras de unificación nacional, Europa disfrutó de un siglo de paz relativa y progreso.

Resultados del liberalismo

La liberación de la creatividad humana resultó en asombrosos progresos científicos y materiales. La revista The Nation, que en esa época era una publicación liberal, en un artículo retrospectivo publicado en 1900 decía: “Libres de la interferencia irritante de los gobiernos, los hombres se entregaron al oficio que manda la naturaleza, el mejoramiento de su propia condición, con los resultados maravillosos que nos rodean”. Los avances tecnológicos del siglo XIX –el siglo liberal– son asombrosos. La máquina de vapor, el ferrocarril, el telégrafo, el teléfono, la electricidad, el motor de combustión interna… Gracias a la acumulación de capital y el “milagro del interés compuesto”, en Europa y en América las masas empezaron a liberarse de las tareas agobiantes que habían sido la condición natural de la humanidad desde tiempos inmemorables. Cayeron las tasas de mortalidad infantil y la expectativa de vida aumentó a niveles sin precedente. Una mirada al pasado en 1800 habría revelado un mundo que, para la mayoría de la gente, habría cambiado poco en miles de años. En 1900, el mundo estaba irreconocible. El pensamiento liberal tuvo un desarrollo vigoroso durante el siglo XIX. Jeremy Bentham propuso la teoría del utilitarismo, la idea de que el gobierno debe promover “la mayor felicidad posible para el mayor número posible”. Aunque sus premisas filosóficas diferían de las premisas de los derechos naturales, las conclusiones de ambos argumentos son esencialmente las mismas en lo que respecta al gobierno limitado y el mercado libre. Alexis de Tocqueville vino a América para ver cómo operaba una sociedad libre y publicó, entre 1834 y 1840, sus brillantes observaciones en La Democracia en América. En 1859 John Stuart Mill publicó De la libertad, una defensa vigorosa de la libertad individual. Y en 1851 Herbert Spenser –escritor sobresaliente cuyo trabajo ha sido ignorado y a menudo desvirtuado– publicó Estadísticas Sociales, en las cuales se apoya su “ley de igual libertad”, un testimonio precursor y explícito del credo liberal moderno. El principio de Spenser puede expresarse así: “Todo hombre tiene el derecho de reclamar la mayor libertad para ejercer sus facultades, a condición que ésta sea compatible con el goce de igual libertad para los demás hombres”. Spenser enfatizó que “la ley de igual libertad se aplica manifiestamente a la raza entera-féminas y varones por igual”. También hizo suya la postura liberal clásica sobre la guerra y de ella derivó su distinción entre dos clases de sociedades: En la sociedad industrial la gente produce y comercia pacíficamente, en asociaciones voluntarias. En la sociedad militante prevalece la guerra y el gobierno controla las vidas de los gobernados como medios para alcanzar los fines del gobierno. El liberal francés, Frédéric Bastiat, fungió en el Parlamento en donde manifestó su pasión por el comercio libre y escribió numerosos ensayos, impactantes y humorísticos, contra el Estado y todas las acciones estatales. Su último ensayo, “Lo que se ve y lo que no se ve”, explica que cualquier obra del gobierno –la construcción de un puente, el subsidio de las artes, el pago de pensiones– tiene efectos simples y obvios. El dinero circula, se crean empleos y la gente piensa que el gobierno ha impulsado el crecimiento económico. La tarea del economista, escribió Bastiat, consiste en ver lo que no es obvio –las casas que no se construyeron, la ropa que no se compró, los empleos que no se crearon– porque el dinero, que los individuos habrían destinado a esas actividades privadas, fue sonsacado por el gobierno en forma de impuestos. En “La Ley”, Bastiat condenó el concepto de “expoliación legal”: La gente usa al gobierno para apropiarse lo que otros han producido. Y en “La petición de los fabricantes de candelas”, se burla de los industriales franceses que pedían la protección del gobierno contra la competencia de productos extranjeros, una refutación temprana de las leyes “antidumping” de nuestros días. En esta petición sarcástica, los fabricantes franceses de candelas piden al gobierno protección contra la “competencia desleal” del sol.

El repliegue del liberalismo

A finales del siglo XIX el liberalismo clásico empezó a retroceder, frente a nuevas formas de colectivismo y nuevas formas de concentración de poder en el Estado. El liberalismo había tenido un éxito enorme. Había liberado a millones de seres humanos del yugo del estatismo. Había propiciado mejorías sin precedente en las condiciones de vida. Entonces ¿por qué el retroceso? Esta pregunta atormentó a los liberales durante todo el siglo XX. Una explicación es que los liberales se volvieron indolentes. Olvidaron la advertencia de Jefferson –”el precio de la libertad es la eterna vigilancia”– y supusieron que la evidente armonía social y la abundancia traídas por el liberalismo evitarían que alguien deseara volver al pasado. Algunos intelectuales liberales parecían suponer que el liberalismo era un sistema cerrado, que ya no necesitaba ser mejorado. El socialismo, principalmente la variedad marxista, se abría a las mentes jóvenes como una invitación a desarrollar la nueva teoría. Puede ser también que la gente hubiera olvidado los sacrificios que habían conducido a la abundancia. Los americanos y los británicos nacidos a finales del siglo XIX encontraron un mundo en donde la riqueza crecía, la tecnología abría nuevas fronteras y las condiciones de vida mejoraban a ritmo acelerado. Para esta generación mimada, la pobreza podía verse, en retrospectiva, como un problema resuelto, y la prosperidad podía parecer la condición natural de la humanidad hacia el futuro. Ya no era importante mantener vivas las instituciones que habían erradicado la pobreza. Otro problema era la separación conceptual de los procesos de producción y distribución. En época de abundancia, la gente suponía que la producción era cosa asegurada y la discusión se centraba en “el problema de la distribución”. El extracto siguiente es parte de una entrevista que me concedió el gran filósofo Friedrich Hayek: Estoy convencido que los intelectuales, particularmente los del mundo de habla inglesa, fueron orientados al socialismo por un hombre que es considerado como gran héroe del liberalismo clásico, John Stuart Mill. En su célebre libro Principios de política económica, publicado en 1848 y leído profusamente durante varias décadas, Mill afirma lo siguiente: “La humanidad –individual o colectivamente– puede hacer lo que le plazca con los bienes que ya han sido producidos”. Si esto fuera cierto, yo admitiría que moralmente estamos obligados a asegurar que los bienes sean distribuidos con justicia. Pero la afirmación de Mill no es verdadera. Si hiciéramos lo que nos place con los bienes producidos, nadie volvería a producir esos bienes, y no habría distribución. Por otra parte, por primera vez en la historia la gente empezó a indagar hasta qué punto la pobreza era tolerable. Antes de la Revolución Industrial, todo el mundo era pobre. La pobreza no era un problema que planteara dudas o motivara investigación. Cuando la mayoría de la gente se hizo rica –en relación con los parámetros históricos– la gente empezó a preguntar por qué algunas familias no habían salido de la pobreza. Desde siempre la mayoría de los niños morían prematuramente. La práctica del trabajo infantil, deplorada por Charles Dickens, mantuvo vivos a muchos niños que habrían muerto en épocas anteriores a la Revolución industrial. Por su parte, Karl Marx proponía un mundo de abundancia y perfecta libertad, mientras los adelantos de la ciencia y los negocios crearon este espejismo: Que los ingenieros y empresarios pueden diseñar y manejar la sociedad entera como se maneja una gran corporación empresarial. El énfasis utilitario de Bentham y Mill –el mayor bienestar posible para el mayor número posible– indujo a ciertos pensadores a poner en tela de juicio la necesidad de limitar el poder del Estado y proteger los derechos individuales. Si el objetivo final era generar felicidad y prosperidad ¿qué caso tenía tomar el camino largo que pasaba por la protección de los derechos? ¿Por qué no concentrar toda la energía en lograr el crecimiento económico y la prosperidad generalizada? La gente había olvidado el concepto de orden espontáneo. La gente optó por ignorar el problema de la producción, y los expertos desarrollaron esquemas para orientar la economía hacia una meta escogida por los políticos. No podemos ignorar que el poder es un deseo ancestral del hombre. Algunos olvidaron en dónde se hallaban las raíces del crecimiento económico. Algunos lloraron al ver que la prosperidad y la bonanza propiciaban la ruptura de la familia y la comunidad. Algunos creyeron de buena fe que el marxismo podía hacer que todos fueran libres y prósperos, sin que nadie tuviera que trabajar en oscuras fábricas satánicas. Pero otros usaron esas ideas como medios para abrogarse poder. El derecho divino de la nobleza ya no lograba persuadir a los pueblos que entregaran su libertad y sus bienes. Los oportunistas, ávidos de poder, invocaron el nacionalismo, o el igualitarismo, o el prejuicio racial, o la lucha de clases, o la promesa vaga que el Estado aliviaría todas las dolencias de la sociedad. A principios del siglo XX, los liberales que quedaban estaban desesperados. En un editorial de The Nation se leía que “la comodidad material ha cegado a la generación presente, y sus ojos ya no reconocen la causa del bienestar”. El estatismo será repudiado nuevamente –prosigue el editorial– pero antes, “habrá convulsiones aterradoras en el escenario internacional”. Herbert Spenser publicó La esclavitud del futuro y lamentó en su lecho de muerte, en 1903, que el mundo se encaminara nuevamente a la guerra y la barbarie. Efectivamente, como habían temido los liberales, el siglo de paz relativa en Europa, que empezó en 1815, terminó estrepitosamente en 1914, con el inicio de la Primera Guerra Mundial. El nacionalismo y el estatismo habían desplazado al liberalismo, y la propia guerra fue un golpe mortal para las ideas liberales.

   En los Estados Unidos y en Europa, los gobiernos aumentaron su esfera de poder para enfrentar la guerra. Los impuestos exorbitantes, el reclutamiento militar obligatorio, la censura, las nacionalizaciones, y la planificación centralizada –sin mencionar los diez millones de muertos que surcaron los campos en Flandes, Verdum [15] y otros lugares– subrayaron que la era del liberalismo dejaba paso a la era del mega-Estado.

Auge del movimiento liberal moderno

Durante la llamada “Era progresiva”, marcada por la Primera Guerra Mundial, el “New Deal” [16] y la Segunda Guerra Mundial, la idea de ampliar el tamaño y los poderes del gobierno seducía a muchos intelectuales de los Estados Unidos. Herbert Croly, el primer editor de la revista New Republic, escribió que la promesa de la vida americana se cumpliría, “no en un ambiente de libertad económica, sino con cierta disciplina, y no por la satisfacción desenfrenada de los deseos individuales, sino por una gran medida de subordinación individual, autocontrol y altruismo”. Muchos periodistas “progresistas” de los Estados Unidos no sentían repugnancia ante el espectro del colectivismo que resurgía en Europa. En los primeros meses del “New Deal” de Franklin Delano Roosevelt, Ann O’Hare McCormick escribió en el New York Times: Es extraño observar que reina en Washington una atmósfera parecida a la que reinó en Roma después de la marcha de los Camisas Negras [17], o la que reina en Moscú al inicio de cada plan quinquenal. Algo más positivo que la aquiescencia confiere al Presidente la autoridad de un dictador. Esta autoridad es un regalo sin ataduras, una especie de poder legal para actuar. Literalmente, hoy América pide órdenes. El ocupante de la Casa Blanca posee más autoridad que cualquiera de sus predecesores, y dirige el gobierno con más control sobre más actividades privadas que todos los anteriores presidentes de los Estados Unidos. La administración Roosevelt prevé federaciones industriales, laborales y gubernamentales, según el modelo del Estado corporativo que existe en Italia. Aunque algunos liberales –entre ellos el periodista H. L. Mencken– se mantuvieron en la palestra, flotaba en el ambiente una aquiescencia generalizada, intelectual y popular, para la ampliación del tamaño y los poderes del gobierno. Dos logros espectaculares se atribuían al gobierno: el final de la Gran Depresión y la victoria en la Segunda Guerra Mundial. Con estas credenciales en cierta medida espurias, el gobierno proyectaba la imagen de un mecanismo que resolvía toda clase de problemas. Pasaron cerca de veinticinco años antes que el sentimiento popular se inflamara nuevamente contra el mega-Estado.

Los economistas austriacos

Mientras tanto, aún en los momentos más oscuros del liberalismo, grandes pensadores se entregaban a la tarea de perfeccionar las ideas liberales. Una figura prominente entre estos pensadores fue Ludwig von Mises, el economista austriaco que huyó de los nazis, primero a Suiza en 1934, y luego a los Estados Unidos en 1940. El libro demoledor de Mises, Socialismo, demostró que el socialismo no era propuso la teoría del utilitarismo, la idea de viable, porque la propiedad privada y el sistema de precios constituían elementos indispensables para determinar qué y cómo debía producirse. Su discípulo Friedrich von Hayek dejó este testimonio del impacto del libro de Mises en muchos jóvenes intelectuales de esos días: Cuando Socialismo vio la luz en 1922, su impacto fue profundo. En forma gradual pero fundamental, cambió la visión de muchos jóvenes idealistas que regresaban a las universidades después de la Primera Guerra Mundial. Lo sé porque fui uno de ellos… El socialismo, con su promesa de un mundo más racional y más justo, nos había seducido. Entonces apareció este libro, y nuestras ilusiones se derrumbaron. Wilhem Röpke fue otro joven intelectual cuyas esperanzas fueron destrozadas por el libro de Mises. Más tarde, después de la Segunda Guerra Mundial, Röpke fue el asesor principal de Ludwig Erhard, el ministro de economía de Alemania, el arquitecto del “milagro económico alemán” en las décadas de 1950 y 1960. A otros les tomó más tiempo aprender. El economista americano Robert Heilbroner, cuyos escritos circularon profusamente, escribió que en 1930, cuando era estudiante de economía, el argumento de Mises sobre la inviabilidad de la planificación socialista “no le había parecido una razón convincente para descartar el socialismo”. Cincuenta años más tarde Heilbroner escribió, en la revista New Yorker [18]: “Por supuesto, el tiempo demostró que Mises tenía razón”. Más vale tarde que nunca. El legado más importante de Mises fue Acción Humana, un tratado completo de ciencia económica. Para Mises, la ciencia económica es el estudio de todos los actos volitivos o deliberados del hombre. Fue adepto sin condiciones del mercado libre, y proclamó con energía que toda intervención del gobierno en el mercado tiende a reducir la cantidad de riqueza y el nivel de vida de las grandes mayorías. Su discípulo, Friedrich von Hayek, se convirtió en un economista brillante. Fue laureado con el premio Nóbel de economía en 1974 y muchos lo consideran el pensador social más brillante del siglo XX. Sus libros El orden sensorial, La contra-revolución de la ciencia, La Constitución de la libertad, Ley, legislación y libertad, exploran temas de psicología, revelan el error de aplicar los métodos de las ciencias físicas al estudio de las ciencias sociales, analizan las leyes y las teorías políticas y elucidan brillantemente otros temas. En su obra más difundida, Camino de servidumbre, publicada en 1944 en plena guerra mundial, advierte, precisamente a las naciones desgarradas por el totalitarismo, que la planificación económica desembocaría, no en un sistema de igualdad, prosperidad y libertad, sino en un sistema nuevo de clases y estatus, inmerso en la pobreza y la servidumbre. En Inglaterra y en los Estados Unidos, el libro fue criticado con saña por muchos socialistas e intelectuales de izquierda, pero se vendió profusamente, y puede ser que el éxito de las ventas haya alienado a los académicos. En todo caso, Camino de Servidumbre indujo a una nueva generación de intelectuales jóvenes a explorar las ideas liberales. El último libro de Hayek, La fatal arrogancia, publicado en 1988 cuando el autor estaba por cumplir 90 años, es un retorno a la inquietud que había ocupado la mayor parte de su búsqueda intelectual: el orden espontáneo, producto de “la acción humana pero no del diseño humano”. La fatal arrogancia de los intelectuales, escribió Hayek, es creer que una economía o una sociedad, diseñadas por un grupo de hombres inteligentes, serían mejores que el resultado de las interacciones, en apariencia caóticas, de millones de individuos. Esos intelectuales arrogantes no disciernen cuántas cosas ignoran, ni conciben cómo el mercado utiliza el conocimiento disperso integrado por la suma de los conocimientos que cada individuo posee.

El resurgimiento después de la guerra

Poco después de la publicación de La rebelión de Atlas apareció otro libro impactante: El economista Milton Friedman, de la Universidad de Chicago, publicó Capitalismo y libertad, en el cual sostiene que no puede haber libertad política si no hay propiedad privada y libertad económica. La preeminencia de Friedman entre los economistas, que le valió el premio Nóbel de economía en 1976, se basa en sus escritos sobre economía monetaria. Su proyección como el liberal americano más prominente de su generación se fundamenta en su obra Capitalismo y libertad, en su columna semanal divulgada durante muchos años en la revista Newsweek, y en su libro Libre para elegir, publicado en 1980 y convertido en una serie de televisión destinada al gran público. Otro economista, Murray Rothbard, tuvo una trayectoria más discreta, pero tenemos con él una deuda importante por el papel que desempeñó en estas dos iniciativas: El desarrollo de la estructura teórica del pensamiento liberal moderno, y la fundación de un movimiento político consagrado a esas ideas. Rothbard nos dejó estas obras importantes: El hombre, la economía y el Estado, Concebida en libertad, La ética de la libertad y Por una libertad nueva, respectivamente un tratado magistral sobre economía, una historia en cuatro tomos de la Revolución Americana, una guía concisa de la teoría de los derechos humanos y sus implicaciones, y un manifiesto liberal que tuvo muy buena acogida. Además, Rothbard publicó gran número de folletos sobre temas liberales, y sus artículos fueron divulgados profusamente en publicaciones variadas. Algunos libertarios lo comparaban a Marx, el creador de una teoría integrada para explicar el fenómeno políticoeconómico, y a Lenin, el dirigente infatigable de un movimiento radical. El pensamiento liberal recibió un impulso mayor, junto con una buena dosis de respecto de la academia, con la publicación, en 1974, de Anarquía, Estado y Utopía, por el filósofo de la Universidad de Harvard, Robert Nozick. Con una mezcla de ingenio e impecable lógica, Nozick examinó los derechos y concluyó que: Un Estado de tamaño mínimo, con funciones circunscritas a la protección de los ciudadanos contra la violencia, el robo, el fraude, que garantice el cumplimiento de los contratos, etcétera, se justifica. Por el contrario, un Estado que exceda esos límites, y viola nuestro derecho de no ser obligados a ejecutar ciertos actos, no se justifica. El Estado de tamaño mínimo es fuente de inspiración y rectitud. En un pasaje más seductor, propuso legalizar “los actos capitalistas entre adultos anuentes”. Este libro de Nozick –junto con Por una libertad nueva de Rothbard y los ensayos de Ayn Rand sobre filosofía política– definieron la versión estructural del liberalismo moderno, que en esencia nació con la ley de igual libertad de Spenser: Los individuos tienen el derecho de hacer lo que les plazca, siempre y cuando respeten iguales derechos para los demás. La función del gobierno es la protección de los derechos individuales contra los agresores extranjeros y contra los coterráneos que matan, violan, roban, asaltan o defraudan. Un gobierno que se arroga funciones adicionales a ésta es un gobierno abusivo que nos despoja de nuestros derechos y nuestras libertades.

El liberalismo en la actualidad

A veces, se acusa a los liberales de ser rígidos y dogmáticos, pero el liberalismo no es más que una estructura social básica que propicia la interacción libre y pacífica de los individuos, cada uno empeñado en lo que Jefferson llamó “la búsqueda de su propia ocupación y su propio perfeccionamiento”. La sociedad enmarcada en una estructura liberal es la más dinámica e innovadora que se haya visto jamás, como lo demuestran los avances sin precedente de la ciencia, la tecnología y el nivel de vida engendrados por la revolución liberal de finales del siglo XVIII. En una sociedad liberal, la caridad se practica ampliamente como resultado de la benevolencia personal, no como resultado de la coerción del Estado.


Nota del Editor: David Boaz es Vicepresidente ejecutivo del Cato Institute. Este ensayo es una parte del Capítulo 2 de su libro “Liberalismo, una aproximación”. En este capítulo Boaz presenta un resumen de las raíces del liberalismo. Comienza explicando que “En cierto sentido, a lo largo de la historia, no han existido más que dos filosofías políticas: libertad o poder.” Luego procede a explicar los orígenes de la filosofía de la libertad. Traducción de Lucy Martínez-Mont. Publicado con autorización. 

[12] Presidente de los Estados Unidos de 1797 a 1801. NT
[13] Bill of Rights. Integrado por las diez primeras enmiendas a la Constitución de los Estados Unidos, contiene la garantía de los derechos del individuo. NT
[14] Artículo I, Sección 8 de la Constitución de los Estados Unidos. NT
[15] Escenarios de episodios sangrientos durante la Primera Guerra Mundial. NT
[16] Ver nota 26 del Capítulo 1. NT
[17] Escuadrones organizados por Benito Mussolini. En octubre de 1922, los Camisas Negras obligaron al rey de Italia a formar un gobierno con el partido fascista de Mussolini. NT
[18] Publicación fundada en 1925, reconocida por la calidad de sus artículos y el ingenio de sus caricaturas. NT
[19] La Unión Soviética. NT
[20] Alemania. NT
[21] Hija de Laura Ingalls, la autora de Little House on the Prairie y otras novelas de individualismo exaltado.

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Este artículo expresa únicamente la opinión del autor y no necesariamente la de la organización en su totalidad. Students For Liberty está comprometida con facilitar un diálogo amplio por la libertad, representando opiniones diversas. Si eres un estudiante interesado en presentar tu perspectiva en este blog, escríbele a la Editora en Jefe, de EsLibertad, Alejandra González, a [email protected]

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