¿Cuanto vale la Libertad? Apuntes sobre la experiencia de Venezuela

Carlos Sabino

Sociólogo, Doctor en Ciencias Sociales y Profesor Titular de la Universidad Central de Venezuela. Es autor de varios libros, entre ellos El Fracaso del Intervencionismo, y un Diccionario de Economía y Finanzas.

Año XLIV Marzo del 2003 No. 901

Artículo publicado originalmente en el blog del Centro de Estudios Económicos-Sociales.

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“La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida, y, por el contrario, el cautiverio es el mayor mal que puede venir a los hombres.” [1]

De pronto, sin alcanzar a comprender bien cómo y por qué, los venezolanos se han encontrado luchando por su libertad. El enemigo que los amenaza es poderoso, controla casi todos los resortes del poder y tiene una voluntad al parecer indoblegable de someterlos. El conflicto es intenso y se desenvuelve en todos los planos que se pueden concebir. El desenlace es incierto, imprevisible, porque la situación misma es original y novedosa. Para entenderla conviene, nos parece, recordar los principales antecedentes de esto que hoy para nosotros se ha convertido en una verdadera pesadilla.

La Cuarta República: Petróleo y Estatismo

Suele llamarse Cuarta República -recogiendo una cuenta que comenzó con la Independencia- a la sucesión de gobiernos democráticos que rigieron al país desde 1958, cuando una alianza cívica y militar derrotó al dictador Pérez Jiménez. Se impuso entonces un modelo de desarrollo que se basaba en dos pilares fundamentales: la democracia y el respeto a las libertades políticas, y la extendida presencia de un estado que, alimentado por los cuantiosos ingresos petroleros, se concibió como promotor del desarrollo económico y el bienestar social.

          El modelo, durante muchos años, funcionó relativamente bien. A pesar del nacionalismo económico dominante, que propiciaba el proteccionismo y la sustitución de importaciones, Venezuela pudo crecer con rapidez, impulsada por la presencia decisiva del petróleo. El estado desarrolló ampliamente la educación, la población pasó a tener un mejor nivel de vida y se atrajeron inversiones de cierta magnitud. Pero, a mediados de los setenta, comenzaron a percibirse las limitaciones indudables que tenía un modelo de crecimiento en el que el estado jugaba un papel no sólo muy extendido, sino también creciente. Con la nacionalización petrolera y la creación de innumerables empresas públicas se comenzaron a percibir los síntomas de una crisis que se iría profundizando en el curso de los años.

          La empresa privada, ahogada por políticas mercantilistas y regulaciones de todo tipo, no pudo compensar la pérdida de eficiencia de un estado que cada vez consumía más pero entregaba menos servicios. El crecimiento se detuvo, se convirtió en retroceso, y el malestar social fue emergiendo poco a poco como una crítica indirecta a la pérdida de esperanzas que producía un país estancado. El sistema político, acostumbrado a administrar y distribuir un dinero que le llegaba sin mayores esfuerzos, se fue esclerosando, incapaz de reformarse, y cayó en los vicios del clientelismo, la pérdida de transparencia y la más desembozada corrupción.

          Cuando Carlos Andrés Pérez, en 1989, trató de llevar a cabo algunas de las reformas económicas que el país imperiosamente necesitaba para retomar el rumbo del crecimiento, se vio enfrentado a un doble antagonismo, que finalmente terminó por obligarlo a renunciar: el del sistema de partidos políticos y empresarios proteccionistas, fuertemente aferrado a privilegios de todo tipo, al que ayudó también una izquierda opuesta a todo lo que fuera libre mercado, y otro -por completo inesperado- que atravesó el panorama político como un rayo destructor en un cielo sereno: el intento de golpe del teniente coronel Hugo Chávez producido el 4 de febrero de 1992. El militar, conspirando desde hacía años para tomar el poder, intentaba incluso matar al propio presidente e imponer un régimen de fuerza; pero esta amenaza no bastó para disuadir a una parte de la población que, en ese momento, lo percibió como una posible alternativa a un sistema que concitaba cada vez más repudio.

          Después del interludio del gobierno de R. Caldera, que resultó un lamentable fiasco, el electorado se dejó seducir por el mensaje electoral de ese mismo Hugo Chávez quien, amnistiado por el gobierno y encabezando una coalición de todas las izquierdas a la que financiaban además algunos poderosos grupos económicos, concurrió a las elecciones de 1998 y las ganó con el 59% de los votos emitidos.

Ascenso y Consolidación de Hugo Chavez

Lo que motivó al electorado a votar por Chávez fue una compleja mezcla de sentimientos y confusos deseos, una actitud que andando el tiempo se mostraría como cargada de ominosas consecuencias. El ex golpista prometió no sólo luchar contra la corrupción sino cambiar completamente el sistema político del país -algo en que casi todos coincidían- instalando una Asamblea Constituyente “originaria”, con plenos y absolutos poderes, a pesar de que dicha figura no aparecía en la constitución vigente. Su mensaje, además, fue decidida y abiertamente populista, presentándose como un abanderado de los pobres y fomentando el odio de clases.

          Ya en el poder Chávez, que no se molestó siquiera en decir que iría a respetar la constitución al jurar la presidencia, impuso su programa apoyado por el amplio apoyo que tenía y por la aceptación tácita de las instituciones vigentes. La Suprema Corte convino en que podría llamarse a un referéndum para votar por una Asamblea Constituyente y, en cosa de algunos meses, ésta se instaló en medio de la mayor expectativa. El sistema electoral aplicado, una variante del modelo uninominal, permitió a las fuerzas del chavismo ocupar más del 90% de los escaños a pesar de haber recibido poco más del 60% de los votos emitidos.

          La nueva constitución fue aprobada en diciembre de 1999 mediante un referéndum en que hubo escasa participación (44.5%) y el voto positivo alcanzó el 72%, lo que representa un porcentaje del 32% sobre el total del padrón electoral. Es un documento extenso, de confusa redacción, donde predominan un abierto presidencialismo, cierto militarismo y una profusa exposición de “derechos sociales” que abarca 55 artículos. Establece un período presidencial de seis años, con reelección inmediata, y una Asamblea Nacional unicameral.

          A los pocos días de aprobada, y mediante un extraño recurso jurídico que se dio en llamar “supraconstitucionalidad”, una comisión permanente de la constituyente procedió a anular el mandato de legisladores, gobernadores, alcaldes, jueces y otras autoridades, proclamando la necesidad de “relegitimar” todos los cargos públicos existentes. Este verdadero golpe de estado terminó en las elecciones de julio de 2000, en las que Chávez obtuvo el 59% de los votos y una Asamblea Nacional con amplia mayoría. El proceso, en el mejor de los casos, fue empañado por muchos incidentes y por un recuento de los votos que, aún, sigue arrojando muchas dudas.

          Mientras esto ocurría el gobierno de Chávez había actuado, en general, sin introducir mayores cambios en la gestión del país. La política económica se había deslizado nuevamente hacia el intervencionismo estatal pero sin producir un giro brusco, sino simplemente a través de medidas puntuales, de poco alcance, en tanto que un repunte de los precios petroleros había ayudado a mantener la inflación dentro de ciertos límites (13-20%). La población, que todavía lo apoyaba mayoritariamente, esperaba entonces que Chávez, con el camino despejado en el terreno político, comenzase entonces a gobernar, mejorando la economía y eliminando la corrupción.

          Pero las intenciones de Hugo Chávez eran otras. Pretendía, como enseguida se vio, concentrar todo el poder de la sociedad civil en el estado y todo el estado en sus propias manos, impulsando un proyecto totalitario semejante al de su amigo Fidel Castro, mientras irrespetaba todas las normas establecidas y utilizaba un lenguaje desmesurado y agresivo hacia los sectores más importantes de la vida nacional. Apenas consolidado firmemente en su poder, por eso, arremetió contra todas las instituciones que mantenían cierta independencia: trató de controlar la CTV -la central de trabajadores que aún se le oponía-, introdujo “tomistas” en la principal universidad del país para provocar allí una ruptura con las normas institucionales, agredió a los empresarios, la educación privada, la Iglesia y los medios de comunicación, que poco a poco se habían ido definiendo en su contra.

Renace la Oposición

Todo esto ocurrió, aproximadamente, entre julio de 2000 y octubre de 2001, pero el resultado no fue el que Chávez esperaba: la universidad repudió a los grupos agresivos que trataron de dominarla, las elecciones de la CTV resultaron un brutal fracaso para el gobierno, la educación privada se organizó ante el intento de someterla y los empresarios reaccionaron con valentía cuando, en noviembre de 2001, el gobierno promulgó 49 decretos con fuerza de ley que vulneraban por completo la propiedad privada.

          La oposición a Chávez, entonces, fue poco a poco recuperándose, creciendo, perdiendo el miedo y saliendo de la virtual parálisis a la que se había reducido mientras el caudillo gozaba de muy alta popularidad. El mito del caudillo infalible se había derrumbado, las esperanzas se disipaban, la ilusión ya estaba perdida. Un paro nacional, al que convocaron empresarios y trabajadores organizados el 10 de diciembre de 2001, mostró al país que el gobierno ya no podía controlar la vida nacional. Siguieron a éste inmensas manifestaciones que, desde enero de 2002, comenzaron a exigir la renuncia del presidente hasta que en abril de ese año, en sucesos confusos, Chávez renunció pero retornó al poder apoyado por un grupo de militares que logró controlar la situación.

          Lo que ocurre ahora, después de diez meses en que la oposición ha avanzado en el camino de su organización y su reconocimiento internacional, muestra un conflicto que no presenta vías de fácil solución: Chávez se aferra al poder y a algunas disposiciones de la constitución que impuso en 1999, mientras la oposición -que cuenta por lo menos con el apoyo de tres cuartas partes de la población- exige elecciones para sacarlo de la presidencia y acabar con el intento totalitario que nos amenaza.

          Lo interesante, más allá de esta fría descripción, es el coraje, la voluntad y la disposición que muestra una ciudadanía que no lo reconoce como gobernante legítimo: la gente marcha pacíficamente pero con inusitado fervor en las calles -desafiando muchas veces la presencia de los “círculos” paramilitares que el gobierno ha creado-, se ha llevado a cabo un inmenso Paro Cívico que tuvo una duración de más de dos meses, se firman planillas por millones para pedir nuevas elecciones y, lo más importante, las personas han adquirido una nítida consciencia del valor que posee la libertad. Un ciudadano corriente, hace unos días, expresaba así su sentir: “Hoy defiendo mas que nunca la libertad, quiero con toda mi alma vivir en un país en donde me pueda desarrollar sin la agobiante intervención estatal. Sin la tutela de ningún personaje mesiánico que piense por mí, y anule mi iniciativa personal.” [2]

          Esta pasión, este movimiento indetenible, es el mayor escollo que se presenta a la consolidación de un nuevo régimen autoritario en América Latina. Pero Chávez cuenta, todavía, con los inmensos recursos que proporciona el poder, con unas fuerzas armadas a las que controla personalmente, con una fracción de apoyo popular que se presta a su demagogia y se calcula entre el 20 y el 25%, aunque tienda a descender a medida que la crisis económica actual sigue haciendo estragos entre los más pobres.

          El desenlace de este conflicto, como decíamos al comienzo, no está claro todavía y depende de muchos factores que resulta imposible evaluar aquí. Pero la misma situación que se ha creado, el mismo proceso cuya descripción acabamos de hacer, nos permite formular algunas reflexiones que tal vez resulten de interés para el lector.

Algunas reflexiones finales

La historia no presenta con frecuencia situaciones en que una amplia mayoría de la población se enfrenta decididamente a la emergencia de un régimen totalitario: estos se instauran muchas veces mediante revoluciones que concitan gran entusiasmo y luego, cuando aparece la resistencia, la sofocan mediante el uso abierto de la violencia (como en el clásico ejemplo soviético o en el más cercano de Cuba). En otros casos la tentativa revolucionaria es anulada cuando todavía no ha alcanzado a consolidarse mediante el recurso de un golpe de estado que, dado por el ejército, concita a veces bastante apoyo entre la población (como en el caso chileno). Pero esta lucha que se desarrolla hoy en Venezuela, básicamente pacífica aunque desesperada, no tiene mayores precedentes y, por eso, permite percibir algunos fenómenos políticos de indudable trascendencia.

          Lo primero que hace falta aclarar es que el comunismo, como tentativa al menos, dista mucho de haber desaparecido. Es cierto que, en la arena internacional, ya pasaron las conflictivas décadas de la Guerra Fría, pero es verdad también que subsisten algunos gobiernos de esa orientación, como la ya mencionada Cuba, y fuerzas políticas organizadas que procuran su implantación en decenas de países. Las ideas colectivistas todavía gozan de bastante aceptación en algunos lugares y una combinación aciaga de circunstancias, como la producida en Venezuela, puede convertir esa latente amenaza en un peligro concreto, demasiado real.

          Una segunda reflexión, que ya hiciéramos para los lectores de Tópicos [3], es que la soberanía popular, sin el freno de un adecuado marco institucional y una cultura de la tolerancia, resulta un terreno fértil para el desarrollo de gobiernos demagógicos que pueden con facilidad transformarse en tiranías, al menos parciales o transitorias. La democracia, como principio rector, no puede ir más allá de ciertos límites pues, de lo contrario, se convierte en un recurso mediante el cual se pueden vulnerar todos los derechos de las personas, aún los más fundamentales, especialmente cuando se pasa por encima de las restricciones institucionales que permiten un cierto control sobre los gobernantes.

          Por último queremos destacar, aunque ya lo esbozamos en parte a lo largo de este ensayo, que el deseo de libertad no puede extinguirse mediante manipulaciones demagógicas pues los pueblos, si se les da algo de tiempo, encuentran las vías para reconocer los engaños y luchar contra los intentos dictatoriales y colectivistas. Si en algunos casos no parece que las cosas sucedan de esta manera es porque la represión, la falta de opciones concretas, la desesperanza que reina en las sociedades totalitarias, impide que las personas puedan expresar toda la pasión con que desean su libertad. Pero apenas se abre alguna oportunidad los pueblos comienzan la resistencia, tratan de desobedecer a los tiranos y se deciden a luchar por la libertad, aventurado la vida por ese precioso don que nos han dado los cielos.


[1] Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha, edición de John Jay Allen, Ed. Cátedra, Madrid, 2001, tomo II, p.456.

[2] Según e-mail enviado por Rubén Torres el 8 de febrero de 2003.

[3] V. Los límites de la Democracia, No. 876, CEES, Guatemala, febrero 2001.


Este artículo expresa únicamente la opinión del autor y no necesariamente la de la organización en su totalidad. Students For Liberty está comprometida con facilitar un diálogo amplio por la libertad, representando opiniones diversas. Si eres un estudiante interesado en presentar tu perspectiva en este blog, escríbele al Director del Blog de EsLibertad, Humberto Martínez, a [email protected].

 

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