Thomas Hobbes: ¿un liberal después de todo?

 

Garret Edwards 

Abogado egresado de la Universidad Nacional del Rosario  (UNR)

Artículo originalmente publicado el 26 de noviembre del 2014
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Thomas Hobbes publica su obra magna, “Leviatán o la materia, forma y poder de un Estado eclesiástico y civil”, en el año 1651. Faltaban 37 años para que se concretara la Gloriosa Revolución y Hobbes, irónicamente, no la viviría. “Leviatán”, nomenclatura dada a una mítica figura bíblica, suerte de demoníaca serpiente marina o de dragón, es el nombre que utiliza para representar al Estado. El Estado es un monstruo.

   En un comienzo, en  tiempos primitivos, los humanos vivían en una situación de salvajismo. La idea básica que presenta Hobbes es que venimos del caos, de las luchas de garras y de dientes, de enfrentamientos atroces, y que con el paso del tiempo va surgiendo, poco a poco, la estructura social. Ese surgir se sostiene en el miedo, un “no los unió el amor, sino el espanto” borgeano. No estamos reunidos en sociedad, de acuerdo a las ideas hobbesianas, porque seamos seres buenos y amables, sino por todo lo contrario.

   El hombre que está solo no necesita del Derecho porque todo cuanto hay le pertenece. Un Robinson Crusoe, solitario en su isla. Es la aparición del otro la que provoca el conflicto, y, de buenas a primeras, se sobrepone el más fuerte físicamente. No es posible discernir cuándo, pero en algún momento los que poseían fortaleza intelectual convencieron a los demás de que la mejor manera de resolver sus problemas era que un tercero imparcial e independiente los decidiera: un juez. Ese juez también debe controlar al Leviatán, al Estado, que no deja de ser otro sujeto más de la relación jurídica. En esa tesitura, se da la aparición de la Justicia para vigilar y evitar el poder desmedido de la gran maquinaria estatal.

   Puede verse que detrás de la teoría filosófico-política de Hobbes hay un intento de alcanzar una “simplicidad pura” del Derecho y de la Política, que termina generando y recayendo en un unidimensionalismo sociológico que sostiene como estandarte al valor seguridad, abandonando la preocupación por la justicia. Se prefiere la pérdida de la libertad y el sometimiento a la voluntad del gobernante, del soberano, quien  se convierte en supremo repartidor de toda potencia e impotencia, adjudicándola sin ningún tipo de control, con plena autoridad para decidir el destino de sus súbditos. Se lo legitima de una manera que, en tiempos actuales, no podría ser justificada.

  Uno se pregunta si Hobbes no era, en el fondo, liberal. Era contractualista, sí, pero los contratos translucen acuerdos: acuerdos voluntarios entre sujetos que hacen lo que quieren y quieren lo que hacen. Una argumentación lógica correcta aplicada de forma inadecuada. Además, su trabajo encierra conceptos esenciales para el liberalismo, tales como la preservación de la libertad, la importancia del individuo y la concepción pluralista de la felicidad humana.

   A modo de conclusión, hoy la figura del rey absoluto que lanzó como solución Hobbes no es compartida, a pesar de que la realidad parezca desmentirlo. Sin embargo, es menester destacar que sus ideas se encuentran como telón de fondo del pensamiento político de estos tiempos en que nos encontramos. Más allá de que sea dificultoso estar de acuerdo con algunos de sus planteamientos, sus aportes son inestimables.

Thomas Hobbes fue víctima de la época en que vivió, y sus escritos un producto de su contexto. Lo desencantado por la realidad, la estructura sólida que nos permitiese vivir dentro sin hacernos daño, son ideas invaluables. El tirano no es la solución, pero sí lo que subyace detrás de él: esa noción de que debemos protegernos mutuamente, ponernos de acuerdo en hacerlo, para no destruirnos entre nosotros, los unos a los otros. De no hacerlo, seremos nuestros propios lobos.

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